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La memoria energética de un lugar a través de los Registros Akáshicos

Antes de mudarme de local, sentí la necesidad de hacer algo poco habitual: realizar una lectura de Registros Akáshicos al propio lugar que estaba dejando.

No solo las personas tienen memoria. Los espacios también.

Los lugares guardan las huellas de todo lo que se ha vivido en ellos: emociones, encuentros, ausencias, cuidados, abandonos, silencios. A través de los Registros Akáshicos es posible acceder a esa memoria sutil y escuchar la historia que un espacio tiene para contar.

Esta es la lectura que surgió al abrir los Registros del antiguo local. La comparto tal como llegó, respetando su ritmo y su voz.


A principios de los años 50, este lugar fue un corral. Vivían animales en él: gallinas, aves, pájaros. Era un espacio de la comunidad. También habitaba una mula mayor. Vieja, sí, pero fuerte. Muy fuerte. Durante esta periodo, se dieron encuentros clandestinos.
Dos jóvenes amantes, Faustino y Lola, se refugiaban aquí. Fue escenario de primeros besos, caricias, descubrimientos. Lola quedó embarazada y tuvo que marcharse.
Faustino murió años después, de cólera, sin volver a verla. Se casó, tuvo dos hijos, pero aquella historia quedó suspendida en las paredes. Lola se fue de Barcelona a un pueblo de La Mancha.

A finales de los años sesenta ya no quedaban gallinas. El lugar estaba cerrado, sin uso, convertido poco más que en un trastero.

En los setenta llegaron jóvenes. Lo usaron como refugio. Estudiaban música, bailaban, fumaban, se divertían. El alcohol causó problemas a uno de ellos y, poco a poco, dejaron de venir. Uno de aquellos chicos continuó viniendo solo. Escuchaba música, fumaba, y a veces alguna chica se atrevía a compartir el pequeño colchón junto a la ventana.

A mediados de los setenta, el espacio se convirtió en un pequeño negocio clandestino. Venta de marihuana. No se cultivaba: solo se vendía. Un incendio lo sacó a la luz y la persona que lo gestionaba tuvo que huir. Se arregló… y volvió a quedar vacío.

A finales de esa década llegaron otros jóvenes. Eran distintos. Más sanos.
Hablaban, reían, jugaban, pintaban. Decoraron el lugar y lo cuidaron con cariño. Fue un tiempo feliz. Estuvieron hasta alrededor de 1983, y luego se fueron poco a poco.

El espacio volvió a quedarse solo. Triste. Cerrado. Durante meses se llenó de humedad, hormigas e insectos.

Hacia 1985 volvió a abrirse para acoger a los hijos de una pareja.
Se convirtió en una pequeña sala de juegos: mesas, cartas, una nevera con bebidas.
Cuando los niños dejaron de venir, los adultos siguieron reuniéndose. Los abuelos cosían, reían, compartían. El lugar estaba contento de ser útil de nuevo.

Cuando esa familia se marchó, regresó la tristeza. La humedad y los insectos volvieron a ocuparlo.

En los años 90 se privatizó. Se alquilaba como un espacio más. Durante las Olimpiadas acogió a personas que no tenían dónde quedarse: periodistas, visitantes.

Hasta los 2000 se utilizó como pequeño estudio-vivienda. Un pintor lo usó como refugio y taller. Pasaba noches allí, envuelto en un jubón. La relación con él fue buena. Cuando enfermó y murió, el lugar volvió a quedar abandonado.

En los últimos años se utilizó como almacén. Un grupo musical lo usaba para guardar material y ensayar. Las quejas de los vecinos limitaron su uso. Alguna escapada furtiva, algún encuentro secreto… y poco más.

Hasta que llegué yo. Lo arreglé. Le devolví la vida.

El espacio ha estado a gusto conmigo. Ha elevado su vibración. Ha aprendido a mirar más allá de lo físico. Sabe que no está solo: está acompañado por un gnomo y varios gatos.

Me ha ayudado a canalizar. Y está contento de ser el inicio de algo grande. De acompañar un proceso de evolución espiritual real.

Mucha suerte. Y un abrazo.


A veces creemos que habitamos los lugares. Y muchas veces son ellos los que nos habitan a nosotros.

Escuchar a un espacio es un acto de respeto. De presencia. De gratitud.

Este lugar me acompañó durante un tramo importante del camino, y yo solo intenté corresponderle devolviéndole vida, cuidado y consciencia.

Porque cuando tratamos un espacio con alma, el espacio también nos sostiene.

Si quieres saber más sobre cómo realizo lecturas de Registros Akáshicos, puedes encontrarlo aquí.